jueves

La Duda


Un fantasma contemporáneo llamado amor.
Los divorcios superan las expectativas de todos los tiempos, ellas y ellos no quieren comprometerse; ni dar explicaciones a otros, casi nadie quiere casarse, todos urgen su libertad y su individualidad como un tesoro colectivo que no se puede arriesgar ni someter a ningún trato limitativo, las relaciones amorosas duran muy poco y la mayoría de personas las rehuye.

Alrededor de este fenómeno, la libertad sexual se amplía con gran gusto y ligereza, y los mitos -tanto como la confusión que generan- nacen, se reproducen y crecen como la mala hierba. Que las libertades sexuales y la exploración del auténtico sentido de la sexualidad se amplíen no es inconveniente, el problema pareciera ser la indefinición y confusión moderna sobre la sexualidad en las relaciones de pareja.

Las enseñanzas van y vienen y se revuelven con los mitos. El tamaño del pene no importa ni es significativo según los sexólogos y profesionales médicos, pero en el vox populi es todo lo contrario y, en la televisión y los medios, puede ser importante pero no. ¿Entonces?

Las mujeres más que nunca ansían su independencia e individualidad como algo básico, impostergable, innegociable, eje de su vida y de todo pensamiento emancipador.

Es la lucha por "su propio espacio", una expresión muy usada que les garantiza desenvolverse sin la pareja, en otros lugares donde puedan ejercer su pretensión de soltería acompañada.

Los hombres que no pretenden amar tampoco lo discuten, están encantados porque pueden jugar al amor con más facilidad y sin compromisos. Ceder algo de esa individualidad no es entendido como hacer comunión de dos, sino división de dos.

Así se maneja y se entiende en el ideario colectivo, es la moda de los amigos con derecho, los “amigovios” o los novios y novias de fachada, para no estar solos o solas y tener asegurado su pedazo de placer, pero sin asustar al corazón ni comprometerlo mucho.

El amor es solo un fantasma legitimador, un utilitario persuasivo para obtener lo deseado. El amor se extravía fácilmente y las pasiones fluyen sin cauce, ni pretenden tenerlo.

“Te amo”, “te quiero”, son expresiones fuertes y obsoletas, demasiado fuertes, que son útiles solo en situaciones extremas, para recuperar ese placer que de repente amenaza con irse.

El amor en sí mismo deja de existir. Es un espécimen poco claro, confuso y amenazador que no es útil -como si debiera serlo- ni mucho menos práctico para llevar una vida propia llena de placer, simple placer. Solo es útil, como ya afirmamos, para persuadir o convencer (alias engañar). Amar es un lujo que ya nadie puede o quiere darse, es como decimos: una amenaza.

Es la época del individualismo exacerbado, que lleva consigo incidencias directas sobre el amor, el sentimiento y todas esas expresiones humanas que suenan ahora huecas y no son generadoras de crecimiento personal, ni son parte del ideario popular o del imaginario colectivo.

Y es que, indudablemente, el crecimiento personal se empareja inevitablemente al crecimiento material. Es la época del consumismo y de la imagen. Se crece en la medida en que se tengan posesiones de todo tipo, incluida también una mujer (o un hombre) física (material) mente bella, o un hombre “buen partido”; es decir, un hombre que pueda brindar estatus económico y, en consecuencia, el social.

Existen bienes imprescindibles, infaltables, para saberse “alguien”.

Un espacio propio (casa, apartamento, casa de playa, acciones de un club, etc.) puede ser necesario, pero se lleva al más allá. Ya no se requiere el espacio para cultivarse, sino para mostrarse. Un automóvil, entre más moderno y lujoso mejor, ropa adecuada y a la moda, como catalizador-autenticador de la belleza física. Los discos de moda, los aparatos electrónicos de última generación y el acceso a los espacios modernos.

Asistimos a la época de bienes que se vuelven impostergables, como si pasaran a ser de la canasta básica, como la belleza y el reconocimiento. Entonces nos encontramos con el boom de la cirugía plástica. Ya no solamente la naturaleza define lo que es bello, sino que la cirugía permite modificar la apariencia. Por supuesto, como todo lo contemporáneo, depende de la capacidad económica de una mujer o un hombre (en menos porcentaje), hasta el grado de poder decir, como popularmente se escucha: “no hay mujeres feas, sino mujeres pobres”.

Los programas de televisión abundan y muestran con toda amplitud los procesos y dolores de estos “cambios extremos”, en los que la vanidad es justificada con el decir más contradictorio de todos: “lo hago para sentirme mejor”.

Mejor dicho, “me hago una cirugía plástica para sentirme mejor porque sentirme mejor no depende de mí, sino de la aceptación de los demás”. Y los demás respetan, incluso más, si demuestras que tienes dinero y poder para realizar un cambio de este tipo. Los demás lo que respetan es lo material. Sustituir emociones humanas por razones artificiales es el negocio moderno.

En síntesis, nos encontramos en la época en que lo bello, lo espiritual y lo emocional, está siempre predeterminado por lo material. Hasta una campesina que de pronto se hizo profesional y mejoró su poder adquisitivo ahora piensa en una cirugía plástica, como algo normal y ya incluso legitimado en el espacio social.

Cambia de novio por uno con mejor estatus (aunque sea engañoso) y el novio se convierte sólo en una mampara para cumplir con un rol social. Y el hombre, por su lado, busca una mujer físicamente hermosa, sensual, que sea una compañía que incite la admiración de los demás, que le otorgue estatus de poder y respeto, aunque no la ame. Y no importa que esa belleza sea artificialmente evidente, producto del bisturí, mientras genere admiración.

Por ejemplo, una mujer operada con senos de silicón puede ser identificada con facilidad, pero no por eso deja de ser deseada.

El hombre que tiene éxito con las mujeres es aquel que les brinda esa separación emocional, esa individualidad cerrada e impenetrable. La mujer se emboba ante ese derroche de libertad brindada por el macho, pero se auto engaña porque no es posible pensar que sea gratuita.

Por su lado, el hombre astuto y moderno maneja sus otras historias y aprovecha esas distancias en el camino a lo que pareciera ser una poligamia mutuamente conveniente. Y muchos se podrán alarmar al leer esta aseveración, pero no cuesta mucho pensar, que ya en el mundo occidental se vive quizás de manera mojigata, una poligamia no formal, ni socialmente aceptada, pero sé real y visible.

Es la poligamia en la que el amor no interesa, sino que el sexo se plantea como eje central de contacto y de relación entre las personas. Es el precio que se paga por no tener que darle explicaciones a la pareja, por poder conservar en amplitud y auto engaño, la libertad mal entendida de la modernidad o de la posmodernidad si así lo prefiere.

En palabras de una joven poeta costarricense: “Hay días que te quiero/ y otros en los que pierdo el derecho” (Alejandra Castro, No sangres).

En la actualidad es posible encontrar muchas manifestaciones sexuales de gran amplitud que, aunque permiten una mayor exploración de las pasiones y de la sexualidad humana en sí misma, pueden también entenderse como una consecuencia de esta forma materialista, individualista y conveniente de ver el mundo.

Y no hablamos de las preferencias sexuales como el homosexualismo o el lesbianismo, sino de las nuevas posibilidades heterosexuales como los swingers o en lenguaje común, la legitimación de compartir a la pareja.

Es desde una perspectiva individualista, la idea de poseer otros cuerpos pero de continuar con la relación base, sin compromisos adquiridos. No obstante, mal enfocada, esta modalidad sexual puede generar la ruptura de parejas por la carencia de lazos emocionales, espirituales y amorosos consolidados o fuertes, producto de una relación sustentada en ese personaje llamado amor.

El fenómeno swingers es la solución a esa ansiedad moderna por poseer, en el vertiginoso ritmo de vida contemporáneo, a otros cuerpos, pero no de comprometer con esos otros cuerpos una filiación mayor que la meramente sexual; es la búsqueda de ampliar los placeres sexuales; no de ampliar los lazos amorosos que puedan exponer la propia sensibilidad.

Y esta situación no es más que la extensión de esa necesidad poligámica conveniente de la sociedad occidental de nuestros días. Es la separación emocional que se otorgan como licencia irrefutable los hombres y mujeres que no quieren comprometer su individualidad ante una relación más comprometida con el o la compañera.

Y digámoslo con claridad: es también la forma de hacer visibles, pero permitidos, los inevitables engaños y traiciones que viven, enmarañados en la modernidad, los amantes en este milenio. La forma de superar emocionalmente el engaño de vivir una relación sin amor, porque el amor, como se viene afirmando, se ahoga en esa urgencia material y egoísta que predomina.

El amor sigue siendo el fantasma. Ya no se justifican las relaciones por el amor que se le tiene a la otra persona, al contrario, como hemos visto, solo se justifican en términos materiales, de estatus personal, de individualidad.

En el Arte de amar, Erich Fromm plantea con certeza que el amor al final es admiración hacia el otro. Pero la admiración que domina en este momento ya no es la que tiene que ver con la inteligencia, la sensibilidad, de la otra persona, su vocación humanista o espiritual, sino que se justifica en lo material.

El amor, entendido como el máximo sentimiento que pueda tener una persona, es suprimido y sustituido por razones de estatus y aceptación, por el dinero que aparentemente genera comodidad y estabilidad, pero que en el fondo sigue produciendo separación, angustia emocional, engaños colectivos, vacíos existenciales, negación de lo espiritual y, en consecuencia, negación de la propia naturaleza humana.

Es la muerte del amor real y el nacimiento del amor conveniente, especie extraña que se desvirtúa en su raíz. El amor por su propia naturaleza no es conveniente, no existe.

El amor es invisibilizado en estos tiempos, se pasea triste y reprimido como un fantasma que no puede salir a la calle, porque teme ser apedreado y humillado, y en consecuencia, llegar a sentir ese dolor insoportable del que ama y es traicionado por quien es la razón de su existir, de su amor.

Pareciera ser la elección entre vivir sin amor o morir con él. Pareciera ser el momento de cantar con Joaquín Sabina: “Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren…”, una elección sin opciones ni esperanzas, una elección sin amor; porque el amor en esencia no se supone creador de muerte para los seres humanos.

Quizás podríamos entender que para amar en la actualidad hay que saber que la muerte circunda y amenaza, porque tarde o temprano terminamos descubriendo que el amor en sí mismo ya ha fenecido, que sólo es un fantasma que anda asustando los corazones de los incautos seres humanos que, contra corriente, insisten en tratar de resucitar algo de ese fantasma.

Y por eso no es difícil entender que las canciones de amor inunden el repertorio musical, en función de presentarse como esa anestesia colectiva contra un mal vivencial, de todos los días, un mal que se introyecta en forma de contradicción, de infeliz incoherencia que corroe los cimientos del ser humano.

Tampoco es de extrañar que surjan también nuevas expresiones musicales que escriban sobre esa realidad, al final de cuentas nuevas expresiones culturales que intentan visualizar esta desafortunada etapa de la muerte del amor.

En la poesía contemporánea, asimismo, existen muchos ejemplos de este desencanto hacia el amor como tema idealizado, humano.

La época del romanticismo cedió y la poesía ahora prefiere hablar de amor frustrado, inconexo, desilusionado. Por eso parafraseando de nuevo a Sabina tal vez sea permisible decir que “el asesino sabe más de amor que el poeta”.

Estamos de frente al asesinato del amor y ni el poeta lo puede salvar. Porque el poeta entiende que el amor real se convierte en uno de esos fantasmas contemporáneos, que tanto persigue a veces sin darse cuenta
(encontrado en internet)

3 comentarios:

Paco dijo...

Hola Nyma,
Menudo texto chica.
He pasado a saludarte mientras leo un rato lo que has posteado porque me parece interesante de verdad.
El amor se ha desvirtuado quizás en estos tiempos. Se acabó el romanticismo, pero siempre habrá quien ame desinteresadamente. Porque esa es la única manera de amar que merece la pena.

Un abrazo

SeaSirens dijo...

El amar, si deja de existir...el querer no.
Hay mucho egoísmo por ahí suelto, pero ahí van nuestros ojos abiertos, para evadirnos de esa gente.

Que seria de esta vida sin el amor, aunque con el tiempo, se pierda o degrade?

Muchos besitos, THQTQM

malone dijo...

muy buena reflexión.es verdad,estamos perdiendo el norte y muchos valores.
libertad no es renegar de los setimientos.
gracias por mirarme
beso

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